Leí Bahía Blanca de Martín Kohan , y cuatro fueron las razones oraculares. Bahía Blanca es una ciudad a la que siempre estoy yendo sin ir, Martín fue mi profesor de Teoría Literaria en Púan, y ya había leído de él Ciencias Morales que me dejó encandilada, y entonces llegó mágicamente a mis manos, Bahía Blanca.
En Bahía Blanca aparece un tipo de narrador tranquilito, construye un protagonista interior, inocente, muy solo, y distraído, (esos son los peores), un personaje que se detiene en la manteca derretida, en los fideos, en una nuca, un cuello, una rodilla, el lector lo escucha divagar y se va volviendo imperioso prestarle atención aunque no pase nada. Al tipo le pasa todo por dentro, quiere olvidar pero los recuerdos se le van escapando inevitablemente tipo apología -y sin perder nunca la calma y la presicion narrativa- de pronto te la coloca (al lector). Y entonces no te queda otra que hacer el viaje con él, a su lado, inmóvil, y casi sin respirar.

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